No somos lo que decimos ni lo que creemos ser

Dennis Ripoll

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Amelia seguía preguntando por su hermanito. Durante la gravedad del niño -unas dos semanas- sólo supo de él por lo que los demás le contaban. La última vez que lo vio, Eduardo seguía siendo una cascada que producía energía de apariencia inagotable, por lo que le resultaba inexplicable que, al momento de devolverlo, los médicos se lo entregaran en una cajita de madera; pequeño, inmóvil y delgado. Claro, todo el mundo le decía que ese no era él. Pero, había que ser idiotas para no notarlo. ¡Claro que no era él! Eduardo nunca estaba así de tranquilo, ni siquiera durmiendo. Ni tan serio ni tan mudo.

Amelia seguía buscando respuestas y todo, según lo que le decían, señalaba a Dios como responsable y al cielo como lugar de destino. Pero nadie había visto a Dios ni había ido ni vuelto del cielo. Para ella, lo sucedido con Eduardo seguía siendo…

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