La luna

Dennis Ripoll

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La madre quedó decepcionada con la luna. Su cara oculta, en realidad, no ocultaba nada. Los mismos montones de piedra, la misma esterilidad en toda su circunferencia. Cuando se posaron sobre una roca monumental, Eduardo, intuyendo lo que pensaba, le dijo:

– No ves nada porque estás buscando humanos. Incluso en tus sueños estás viendo la realidad con los ojos que traes pegados a la cara. Los ojos solo sirven para evitar que te tropieces y poco más.

La madre estaba impresionada con la sabiduría del niño. Pero tampoco le extrañaba.  Aprender era una acción temporal, y donde Eduardo estaba no transcurría el tiempo ni había un espacio. Todo estaba como sabido, como fruto que colgaba de un árbol y bastaba con alargar la mano para poseerlo. Quizás por eso cayó en la cuenta de que estaba, por ratos, pensando. Pensando en medio de un sueño, mientras su mente descansaba…

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